Una vuelta de tuerca

la mala educación

Literatura y lenguaje

book.jpgVuelvo a la vida electrónica después de largos meses de abandono. Reflexión: es fácil para un profesor iniciar y mantener su blog en diciembre y enero. Pero ya a finales marzo…

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El tema que quisiera comentar y -me encantaría- someter a debate con mis colegas, alumnos o quien quiera que llegue a este blog, es respecto de la enseñanza de literatura en el colegio. Prejuicios de los que soy víctima constantemente -y perdón por la autorreferencia, pero es el riesgo de todo blog- es que, por ser de formación lingüista, prefiero no “pasar” literatura. Sin embargo, esta opción no se debe a mi formación posterior (después de todo, al inicio hubo una literata), sino que a los fines que tiene, o debería tener, la enseñanza de la lengua materna en el contexto escolar.

Contra la idea que muchos tienen de que el cambio de nombre “Castellano” a “Lengua castellana y comunicación” es un retruécano cosmético, es importante decir que, en primer lugar, este se justifica en un cambio de enfoque. Desde la enseñanza de “el tesoro de la lengua castellana”, su normatva gramatical y el legado de su tradición literaria, como acervo cultural y lingüístico (el Castellano), hacia la comprensión de los fenómenos de lengua tanto desde la perspectiva del productor que los comprende y maneja, como del receptor, que los decodifica, interpreta y, incluso si lo requiere, sospecha. Esto se llama competencia comunicativa, concepto acuñado ya hace bastante tienpo en el marco de los estudios de la pragmática y la etnografía del habla pero que podríamos resumir como: “lo que un hablante debe saber sobre su lengua para usarla con eficacia”.

A tecnocracia les suena a muchos y a una simplificación asquerosa a otros, pero sin duda es un loable fin. Amiga 1, una vez, me dijo que en parte su opción de no trabajar en colegios se debía a la pobreza del programa. Asimismo, muchos profesores de los entrevistados para mi tesis calificaban el programa de “light”, comparándolo con la posibilidad de conocer movimientos literarios, a cada uno de sus autores, la vida y obra de cada autor y por último el horizonte de cada texto. Maravilloso. Pero, en rigor: ¿cuántos alumnos del total de la sala de clases cumple los requisitos mínimos de comprensión lectora como para “acceder” a ese mundo maravilloso? El desempeño productivo, el desarrollo de patrones lógicos de pensamiento aplicados al desarrollo de una tarea … ¿están? En nuestros salones, de nuestra época: eramos nosotros (hoy profes) ¿y cuántos más? ¿otros tres alumnos? ¿Cuántas personas cercanas a los 30 no se acuerdan de nada de lo visto en Castellano en el colegio?

Amiga 2, en otro contexto, me comenta: “pero son tan inútiles estas cosas taxonómicas, sacadas del lenguaje cotidiano. Por ejemplo, en ese libro (lo señala): “enseñan” el lenguaje del chat. ¿Para qué enseñarles a los alumnos algo que ya saben?”. Perfecto. Amiga 2, tenías toda la razón. Ese es el error de los que leen con los ojos antiguos las propuestas nuevas. ¿Qué pasa si, en lugar de “enseñar” cómo es el lenguaje del Chat, le pedimos a un séptimo básico que chatee con la Presidenta para hacerle unas dos o tres peticiones para su escuela? ¿Qué necesidades de registro, uso de convenciones ortográficas, expresión de las ideas alforarían ahí? ¿Qué conclusiones del uso de su mismo lenguaje pueden sacar ellos solos con eso? El chat es solo una excusa para hablar de una serie de competencias de comunicación. Pero no nos desviemos. Volvamos a la literatura:

La literatura, al ser comprendida como un hecho de lenguaje y sus productos como textos, cumple al menos tres funciones fundamentales, y es por lo cual no debe estar ausente de la clase de lenguaje. La primera de ellas, tiene que ver con la comprensión lectora evidentemente. Porque la literatura tiene todo el potencial para obligar a saltar del nivel literal a los niveles interpretativos y críticos. Sin embargo, esos niveles no se pueden concretar nunca si no se les facilita o media a los alumnos un trasfondo cultural, un contexto de aparición, de producción y de recepción de las obras. Y esto es lo que se sigue mal interpretando, a mi jucio, como una inequívoca necesidad de pasar períodos históricos literarios, con una visión algo naïf de que “como a los artistas les sucedieron tales circusntancias históricas, se revelan a través de su obra”.

Una visión de este tipo la observé claramente en el texto Santillana “Lengua y Literatura II”, del año 1993, (el que ocupé yo en el colegio y tuve hace poco la opción de revisar) en donde se hace un recuento de movimientos estéticos y sus características asociadas que peca, precisamente, de una visión histórica “ahistórica”: una identificación de causa-efecto simplista, una selección de los hechos históricos susceptibles de relatarse y una serie de listas de “influencias filosóficas” que solo nombran autores y fechas y no se contextualiza de ningún modo más en su intrincado devenir histórico. (Del pensamiento al arte, de los hechos a su relato o correlato, etcétera). Ni hablar de las definiciones del tipo: “el barroco representa la oscuridad y el neoclasisismo la luz”, etcétera.

Falsa visión histórica en una interpretación naïf del arte en su contexto: casi una plaga digna de evitarse. Así de categórica. Si me preguntan “para qué me tengo que saber lo que es el barroco”, tengo una idea similar a la de la pregunta “de qué me sirve saber lo que es un pluscuamperfecto”: de nada. Absolutamente de nada si no está puesto al servicio del desarrollo de habilidades cognitivas. Síntesis, relación de elementos contextuales, comparación de obras, análisis de elementos constitutivos, crítica y evaluación. Lo mismo que enseñar medios o nuevos formatos no es dar un repertorio de características que ya todos conocemos, sino que generar variedad de tareas cognitivas que, finalmente, sirvan para aprender.

Si en ese camino encantamos a uno, dos tres o cinco con la maravilla de la literatura, estupendo. Serán más o menos los mismos cinco que nos encantamos en nuestras escuelas. Pero a todo el resto le habremos ayudado, un poco más, a formar a construir su competencia como hablantes y lectores.

Ya basta de creer que “venimos a enseñar algo”, donde ese enseñar es llenarle la cabeza a un otro de información prescindible. Y, basta también de creer que somos profes de “literatura”. Por que un buen profe de literatura también es mucho más de lo descrito…

La tercera y última función tiene que ver con la construcción de un capital cultural. Lecturas. Muchas, interesantes, variadas, literarias y no literarias, poéticas ensayísticas y narrativas…

Marzo 30, 2008 Publicado por Natalia | Eduqueichon, Lenguaje, educación, literatura | , , , , | 11 comentarios