Bienvenida: Hablemos de educación
De un tiempo a esta parte, acaso desde la revolución pingüina, se instaló (¿afortunadamente?) la discusión sobre educación de vuelta en la mesa. El movimiento tuvo la fugacidad que, al parecer, caracteriza nuestro tiempo y el resultado final en términos políticos, me imagino, podrá verse en el largo plazo, con el surgimiento de nuevos liderazgos que vengan en algún momento a oxigenar el panorama político (Sí, me refiero a esos cabros cuando se “integren” al mundo adulto, quién sabe).
La otra arista visible de “el legado pingüino” es la cosmética nueva ley de educación; espero tener tiempo para comentarla en otro artículo. Por lo pronto, vuelvo a lo mío: la temática educación se convirtió en un tópico más de la miscelánea de sobremesa. A tal punto que, junto a “cultura”, “espectáculos” y “vida social”, aparece en los diarios una imponderable página de “educación”.
Consecuencia nefasta en cierta medida. Primero, porque quien comienza la moda es nada menos que el Decano, con gran tribuna a las fundaciones de derecha o de iglesia que mediante el nunca despreciable financiamiento, intervienen escuelas de sectores deprivados con una intencionalidad formadora de la que sería legítimo sospechar. En segunda instancia, al rastrear el contenido de estas secciones en forma regular, se puede claramente advertir que el foco está puesto siempre en el resultado. El Simce es el recurso estrella para referirse a los malos resultados de la educación pública, a los mejorcitos de la subvencionada -donde mete la mano el emprendimiento personal, hay mejora, dice el metarelato-, al notable de los colegios de fundaciones. El palito del Simce lo pisan todos: los diarios, la televisión, incluso los periodistas amigos de mi programa favorito de las mañanas… para los cuales, “educación de calidad” es aquella que saca buen puntaje en una prueba cuyos estándares de elaboración y revisión, ni cuya selección de contenidos o hablidades son cuestionados como se debería. Es así como periodistas y comentaristas con más tribuna que información, divagan desde el más común de los sentidos comunes, satanizando a la escuela pública y pontificando sobre la gestión eficiente y su correlato de evidente éxito en el resultado cuantificable de las instituciones de derecha que “intervienen” la pega que hacen mal el Estado y esos porfesoes mediocres que no se dejan evaluar (dice el metarelato). Se soslaya así, el origen de la tragedia, el círculo vicioso entre el precario capital cultural y social del sector más pobre de la educación, las condiciones de alimentación, de descanso, de contención emocional de los niños que coexisten con similar estado en los profesores. Se pasa por alto, además, la educación instrumentalizada (con buen Simce, sí, pero quién dice que buena?) que las oligarquías otorgan a gran escala en los sectores más necesitados.
Y el tema se reduce, a la larga, a un periodismo demográfico, comentario del experto institucional: “Estudio dice que comer zanahorias contribuye al éxito escolar”… finalmente, la nada, el comentario banal. Ponemos sobre la mesa un tema que hace 20 años no le interesaba a nadie, dense por satisfechos. Aprobamos una ley que deroga la LOCE, dense con una piedra en el pecho. Les damos una página del diario y 3,78 minutos en el noticiero, dense con el San Cristóbal en el pecho.
Antes de los pingüinos, todo el mundo se sentía con derecho a hablar de educación y decir cómo se teían que hacer las cosas. ¿La diferencia? Ahora es un “tema país”: sale en los diarios y se discute en las cámaras, aunque se siga trabajando desde los mismos lugares comunes y toda la aparente efervesencia no tenga el gusto más que de una rica inyección de anestesia social.
Un tema más para hablar después de comer, un tema más para ganar audiencia en programas de opinión, un tema más para llenarnos la boca de ideas que parecen ser irrealizables (después de todo, a pesar de que tantos sueñso parezcan aparecer de repente, seguimos teniendo un congreso, un grupo de representantes, ministros y un montón de pelotudos que deciden por nosotros/as). ¿Y de qué nos sirve? Pareciera que a pesar de todas las palabras bonitas somos capaces de tranzar en cosas tan simples como tomar oncecita con la ministra, o que un grupo de estudiantes que representan a todos los estudiantes de Chile (no sé en qué momento me preguntaron; seguramente soy amnésico o algo parecido) se reunan con un grupo de gente ‘importante’ para discutir sobre la nueva ley de la educación. Todos quieren cambiar algo, pero parece que tenemos que esperar a que en las siguientes elecciones de senadores y diputados tendremos que esperar a que aparezcan en nuestros votos personas que piensen exactamente como nosotros, para que las leyes puedan ir saliendo. Aparecen nuevas ideas, pero mantenemos actitudes.
Además, como siempre, seguimos heredando discusiones (lo pongo así porque leíste el textillo que puse en Voz Negra). Pareciera que es inevitable que tenga que haber educación, o que tengamos que seguir ‘viviendo’ como ‘vivimos’. Claro que tiene que haber educación con las exigencias que el sistema político/económico/tecnológico (etcétera) en el que vivimos tiene, pero no sé en qué momento llegamos a la conclusión de que queremos/tenemos que vivir así (seguramente está en algún cromosoma). Los medios (los hegemónicos/oficiales) ceden a mostrar y plantear (re-plantear, más bien, porque casi siempre las discusiones que plantean ya han sido planteadas anteriormente fuera de ellos) discusiones que no los pongan en peligro (tanto a ellos como a sus dueños). Nos estamos dejando seducir demasiado, cayendo en un conformismo enfermizo que pareciera ser tan rebelde y revolucionario que es autocomplaciente.
Saludos.
Bien por la iniciativa del blog, bien congregar gente para salir de la discusión banal. Bien. Una aclaración “nomás” -citando el post de L4a-:sobre “las fundaciones de derecha o de iglesia que mediante el nunca despreciable financiamiento, intervienen escuelas de sectores deprivados con una intencionalidad formadora de la que sería legítimo sospechar”
Esta gente, como tanta otra, hace una buena pega. Y en educación no se puede enseñar en neutro: la neutralidad también es mensaje.
Si hubiera más libertad para que los padres de sectores deprivados pudieran elegir dónde poner a sus hijos…cada cuál con sus críos donde le parezca que la cosa es menos sospechosa.
Claramente en la educación pública la intención formadora también puede ser cuestionada. Y lo más cuestionable: el gasto inútil y vergonzoso. Cada año me llegan al colegio los discursos de la presidenta impresos a todo color y con gráfica de revista Paula…cuántos estudiantes se beneficiarían de igual gasto en cualquier cosa menos propaganda.
En fin. Por mientras pasan estas cosas…hay gente que está en sus clases, haciendo la pega. Salud por esos.