PAA “MALITA” LE DIÓ PARA PEDAGOGÍA EN LA UPLA “NO MÁS”
¿Broma del día de los inocentes?
En verdad, mi interés no es acá apuntar la evidente falta de respeto hacia la Ministra, que el diario perpetra escudándose en “informar” de la acusación hecha por otro político. Sabemos que el lenguaje se tiñe de valoraciones y subjetividades y acá el uso de “malita”, “le dió” y “no más” son una opción del diario.
Pero no es la falta de respeto detrás de esa opción la que me interesa comentar, sino que la patada baja a la dignidad del profesor, una vez más. Esas personas mediocres y frustradas, obligadas a estudiar una carrera de hambre porque sus puntajes no le dieron para más.
Atención: el fenómeno existe. La correlación entre bajos puntajes y acceso a pedagogía es hasta hoy un lastre que arrastra (entre otros, claro), la deficiente formación de profesores, en especial los de EGB. Sin embargo, el atento lector cotidiano de La Cuarta, probablemente, no alcance a vislumbrar las fallas estructurales en el modelo capitalista y en nuestro modelo de educación para separar el trigo de la paja. Lo que se instala, con el poder impresionante de los medios de comunicación, en el imaginario colectivo es: los “malitos”, estudian pedagogía, los buenos, ingeniería o medicina o quien sabe qué. Y nuestra ministra es de los malitos, pero ojo, con vocación (como apunta más adelante el periódico como excusándose por estar poniendo en evidencia a la personera).
Estamos así, ante la reproducción mediática de un estereotipo, la antesala para la construcción del prejuicio. Sin ninguna molestia en reflexionar más allá.
Un saludo, ya que estamos en la fecha, para todos los que decidieron este año irse por la pedagogía “no más”.
Bienvenida: Hablemos de educación
De un tiempo a esta parte, acaso desde la revolución pingüina, se instaló (¿afortunadamente?) la discusión sobre educación de vuelta en la mesa. El movimiento tuvo la fugacidad que, al parecer, caracteriza nuestro tiempo y el resultado final en términos políticos, me imagino, podrá verse en el largo plazo, con el surgimiento de nuevos liderazgos que vengan en algún momento a oxigenar el panorama político (Sí, me refiero a esos cabros cuando se “integren” al mundo adulto, quién sabe).
La otra arista visible de “el legado pingüino” es la cosmética nueva ley de educación; espero tener tiempo para comentarla en otro artículo. Por lo pronto, vuelvo a lo mío: la temática educación se convirtió en un tópico más de la miscelánea de sobremesa. A tal punto que, junto a “cultura”, “espectáculos” y “vida social”, aparece en los diarios una imponderable página de “educación”.
Consecuencia nefasta en cierta medida. Primero, porque quien comienza la moda es nada menos que el Decano, con gran tribuna a las fundaciones de derecha o de iglesia que mediante el nunca despreciable financiamiento, intervienen escuelas de sectores deprivados con una intencionalidad formadora de la que sería legítimo sospechar. En segunda instancia, al rastrear el contenido de estas secciones en forma regular, se puede claramente advertir que el foco está puesto siempre en el resultado. El Simce es el recurso estrella para referirse a los malos resultados de la educación pública, a los mejorcitos de la subvencionada -donde mete la mano el emprendimiento personal, hay mejora, dice el metarelato-, al notable de los colegios de fundaciones. El palito del Simce lo pisan todos: los diarios, la televisión, incluso los periodistas amigos de mi programa favorito de las mañanas… para los cuales, “educación de calidad” es aquella que saca buen puntaje en una prueba cuyos estándares de elaboración y revisión, ni cuya selección de contenidos o hablidades son cuestionados como se debería. Es así como periodistas y comentaristas con más tribuna que información, divagan desde el más común de los sentidos comunes, satanizando a la escuela pública y pontificando sobre la gestión eficiente y su correlato de evidente éxito en el resultado cuantificable de las instituciones de derecha que “intervienen” la pega que hacen mal el Estado y esos porfesoes mediocres que no se dejan evaluar (dice el metarelato). Se soslaya así, el origen de la tragedia, el círculo vicioso entre el precario capital cultural y social del sector más pobre de la educación, las condiciones de alimentación, de descanso, de contención emocional de los niños que coexisten con similar estado en los profesores. Se pasa por alto, además, la educación instrumentalizada (con buen Simce, sí, pero quién dice que buena?) que las oligarquías otorgan a gran escala en los sectores más necesitados.
Y el tema se reduce, a la larga, a un periodismo demográfico, comentario del experto institucional: “Estudio dice que comer zanahorias contribuye al éxito escolar”… finalmente, la nada, el comentario banal. Ponemos sobre la mesa un tema que hace 20 años no le interesaba a nadie, dense por satisfechos. Aprobamos una ley que deroga la LOCE, dense con una piedra en el pecho. Les damos una página del diario y 3,78 minutos en el noticiero, dense con el San Cristóbal en el pecho.
Antes de los pingüinos, todo el mundo se sentía con derecho a hablar de educación y decir cómo se teían que hacer las cosas. ¿La diferencia? Ahora es un “tema país”: sale en los diarios y se discute en las cámaras, aunque se siga trabajando desde los mismos lugares comunes y toda la aparente efervesencia no tenga el gusto más que de una rica inyección de anestesia social.
